En 1941 fue destinada a la casa de San Sebastián, que desde 1921 se había adherido a la unión bajo la autoridad de una superiora general. Desde el primer día quiso comportarse normalmente y proceder como todas. Ejerció los trabajos de ayudante de maestra, consejera local, ayudante de la profesora de las niñas pequeñas y vigilante de estudios, ayudante de la portera de las visitas y portera de la "puerta de carros", por donde entraban proveedores y obreros de la casa.

Permaneció en la casa hasta el día de su fallecimiento el 17 de enero de 1954. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio del colegio-convento situado en el jardín del mismo. Posteriormente sus restos fueron trasladados a la capilla del convento.

Al difundirse la noticia de la muerte de Madre Coínta comenzaron a recibirse en Donostia multitud de cartas. Las primeras misivas de condolencia fueron sustituidas por otras que informaban del gozo de haber recibido favores por su intercesión.

Una idea caracteriza a todas aquellas personas que la conocieron, en vida todo el mundo la consideraba santa y era admirable su sencillez a la hora de proceder en todas las circunstancias. La cualidad que la identifica es la caridad y la ausencia de cosas extraordinarias o llamativas en su vida, el valor de lo ordinario extraordinariamente vivido.

La opinión de santidad no fue solo entre religiosas; también reconocen su fama de santidad, antiguas alumnas y familiares de estas.

No es una santidad deslumbrante, sino que es algo que trasluce al exterior extraordinariamente dentro de lo ordinario de su vida.